Laura Sarabia, una de las figuras más cercanas al presidente colombiano Gustavo Petro, presentó su renuncia como ministra de Relaciones Exteriores luego de una trayectoria política breve pero intensa, en la que ocupó cuatro cargos estratégicos dentro del actual gobierno. Su salida del Ministerio se produjo tras varios desacuerdos con la Casa de Nariño y luego de una serie de episodios que generaron gran controversia pública y tensiones internas en el Ejecutivo.
Sarabia, una politóloga de 31 años originaria de Bogotá y proveniente de una familia de clase media, llegó a ser la canciller de menor edad en la historia del país. Su dimisión se confirmó a través de una carta difundida en redes sociales, en la cual manifestó su disconformidad con ciertas decisiones recientes del gobierno y sugirió un alejamiento paulatino del presidente.
La exministra mencionó que en días recientes se implementaron acciones con las que no estaba de acuerdo, lo cual la llevó a dimitir por «consistencia personal y respeto institucional». Una de las desavenencias más notables fue el debate sobre el trámite de expedición de pasaportes, que desde septiembre será gestionado por una entidad pública colombiana en cooperación con un aliado internacional. Sarabia veía esta decisión como arriesgada debido a la carencia de preparación técnica del nuevo sistema.
Antes de su llegada a la Cancillería, Sarabia desempeñó múltiples posiciones de gran responsabilidad. Ocupó el cargo de jefa del Gabinete Presidencial, dirigió el Departamento Administrativo de la Presidencia y tuvo a su cargo el Departamento de Prosperidad Social. Su carrera dentro del gobierno avanzó rápidamente, desde asesora de un senador hasta una figura central en el Ejecutivo. Durante la campaña electoral, se consideró un elemento clave en la estrategia de Petro, quien ha alabado su disciplina, habilidades organizativas y lealtad públicamente.
No obstante, su tiempo en el gobierno no estuvo libre de controversias. El incidente más serio fue denominado “niñeragate”, un escándalo que surgió tras la revelación de un supuesto uso ilegal de polígrafo a la cuidadora de su hijo, en la residencia presidencial. Más tarde, se descubrió que tanto esta empleada del hogar como otra trabajadora fueron sujetas a intervenciones telefónicas indebidas por parte de integrantes de la Policía Nacional. Como resultado, dos oficiales recibieron condenas judiciales.
El bochorno causó su primer retiro del gobierno, pero Sarabia volvió pronto en una diferente posición importante. En ese período, se divulgaron grabaciones de charlas con su exjefe político, quien ocupa actualmente el cargo de ministro del Interior, donde quedaban claras las tensiones y recriminaciones mutuas. Varios meses después, la exfuncionaria llevó una denuncia contra este ministro a la Fiscalía por maltratos verbales y de género, agravando aún más la división interna.
Su presencia en el gabinete fue cuestionada por algunos sectores, no solo por los escándalos, sino también por su estilo de liderazgo, considerado por algunos colegas como centralizador y excluyente. Altas funcionarias del gobierno manifestaron públicamente desacuerdos con su forma de ejercer el poder, acusándola incluso de bloquear el acceso al presidente a otros miembros del Ejecutivo.
La llegada de Sarabia al Ministerio de Relaciones Exteriores se interpretó como un intento del presidente por otorgarle una función con mayor visibilidad internacional, pero que la alejara de la gestión interna directa. Durante su breve gestión, impulsó relaciones bilaterales, promovió encuentros diplomáticos de alto nivel y participó en foros multilaterales. Sin embargo, su paso fue fugaz: apenas cinco meses después de asumir el cargo, decidió dar un paso al costado.
A pesar de las controversias que rodearon su figura, Sarabia demostró una capacidad singular para ocupar espacios de poder en un entorno político altamente volátil. Su futuro político es incierto, aunque es considerada por analistas como una figura que podría regresar al escenario nacional, ya sea en el Ejecutivo o desde otro rol de influencia.
Su dimisión señala el cierre de una etapa y amplifica la discusión en torno a la dirección interna del gobierno, la influencia de las decisiones personales en la administración pública y los confines de la lealtad en el ejercicio del poder. En un entorno de creciente tensión dentro del oficialismo, la partida de una de las colaboradoras más allegadas al presidente revela las divisiones internas y las dificultades para preservar la unidad en el equipo gubernamental.
